Mi Merienda Eres Tú / Bonus Track

La Autocaravana

La Autocaravana

Esta aventura comenzó un sábado por la mañana, justo después del desayuno. Pedro estaba fregando los platos cuando Rafa le pidió que lo acompañara, diciéndole nosequé de ir a comprar unos repuestos de segunda mano para el coche.

El muy bellaco lo engañó. En realidad, lo llevó hasta un car rental, situado en el polígono industrial a las afueras.

Allí fue donde Pedro se llevó el sorpresón: una autocaravana.

Se quedó de hielo cuando la vio, con la pintura blanca reluciendo bajo la luz del mediodía y sus siete metros y pico de largo ocupando todo el parking del fondo.

La encargada del local los invitó a pasar y echar un vistazo dentro. Aquel apartamento sobre ruedas tenía todo tipo de comodidades: saloncito con mesa pivotante y sillones reclinables, tele de 32 pugadas, una coqueta cocina con dos fuegos, frigorífico y… ¡hasta una máquina de café espresso! En el lateral, un pequeño baño, y justo enfrente, una mampara de ducha. Ocupando todo el fondo del vehículo, y separado del resto por una puerta corredera, estaba el dormitorio, con una cama central donde cabían dos personas sin problemas.

Pedro seguía asombrado, sin entender de qué iba todo aquello. Rafa, en cambio, estaba disfrutando como un enano viendo el rostro desconcertado de su pareja.

Sabía muy bien lo que estaba haciendo.

Pedro tenía un sueño. Durante años, Rafa lo escuchó hablar siempre de lo mismo. Su deseo era visitar las cordilleras montañosas del norte del país, esos paisajes que aparecían sin cesar en los documentales de la tele. Quería contemplar los lagos conectados de agua turquesa, subir a las cumbres nevadas y caminar por los pastos de un verde infinito. Hablaba sin parar sobre cómo le gustaría hacer senderismo por aquellas laderas rocosas, o cómo sería pastorear entre un rebaño de vacas que —muy probablemente— lo ignorarían por completo mientras rumiaban con actitud zen.

Pero nunca lo hizo. Entre el trabajo, la familia y la rutina, aquel sueño quedó arrinconado en el cajón del “tal vez algún día” y, conforme pasaban los años, Pedro se iba haciendo a la idea de que nunca se haría realidad.

La cuestión es que Rafa había tomado buena nota de su deseo. Lo planeó todo en secreto; hizo los preparativos a escondidas y finalmente le dio la sorpresa: harían el soñado viaje durante la semana blanca de vacaciones… pero a su manera.

La idea era muy práctica: alquilar una autocaravana para no depender de hoteles, ni horarios fijos. Así podrían ir a su aire.

Pedro se deshizo en sonrisas al enterarse. Que tu novio, cuyo trabajo consiste en conducir camiones por todo el país, decida pasarse sus vacaciones otra vez al volante y solo para cumplir con tu sueño, es una de esas cosas que no se te olvidan y que tienen un nombre corto y conciso.

Finalmente, llegó la fecha marcada en el calendario. Y allí estaban, recogiendo la caravana. ¡Deseo cumplido!

La primera jornada del viaje la habían pasado en la carretera. Al atardecer llegaron hasta su destino, un mirador entre las montañas que servía de parador para turistas, con una zona de acampada y un cobertizo con lavadero y los aseos. Allí disfrutaron del entorno montañoso hasta que llegó la noche.

La pareja se preparó para ir a la cama. Al día siguiente el plan era hacer una ruta senderista hasta la cima del pico más cercano, y luego querían hacer parte del descenso en una tirolina, si las fuerzas no les fallaban.

★ ★ ★

¡Qué maravilla!

Pedro soltó un suspiro y se dejó caer sobre su lado de la cama. El colchón cedió lo justo y se amoldó a su cuerpo grande sin apenas hundirse: era firme y a la vez, confortable, mucho mejor de lo que se esperaba: resistiría su peso sin problemas. Satisfecho, le dio un par de golpecitos con la palma de la mano. Esa noche, dormiría como un niño.

Levantó la vista y contempló ensimismado el espacio a su alrededor. Para tratarse del dormitorio de una autocaravana, era suficientemente amplio. La cama-isla sobre la que estaba tumbado era igual de grande que la de su casa. A ambos lados, dos ventanillas dejaban pasar la luz nocturna, tiñendo el interior con un tenue resplandor plateado.

Echó un vistazo a través de la que tenía en su lado. Fuera, la noche estaba en calma. En el exterior solo se podía ver una parte del bosque de pinos, un tapiz oscuro de siluetas enormes que se mecían con la brisa y, un poco más a lo lejos, las luces de otros vehículos estacionados.

Giró la cabeza para mirar por el otro lado. Desde allí las vistas eran aún mejores. Una cadena montañosa se alzaba al otro lado del acantilado; cuando se retiraban las nubes se podía distinguir la nieve en el pico más alto. Abajo, en el fondo del valle, las aguas del lago reflejaban la luz de la luna con un tono azul eléctrico.

Justo por encima, a través de la claraboya del techo, podía contemplar el firmamento: una constelación entera de estrellas, centelleando entre las nubes, extendiéndose en un río de luz blanca difusa.

Pedro entrelazó las manos sobre su pecho y se quedó ahí, disfrutando el momento.

¡Qué gozada! —volvió a susurrar.

La sensación era fascinante: poder disfrutar de la naturaleza en estado puro, y desconectar del mundo: sin alarmas de móvil, sin tener que ir al súper, sin vecinos discutiendo en el rellano, ni videollamadas de trabajo a cada hora… solo el silencio, el aire puro y el murmullo distante del agua.

Le había faltado nombrar lo mejor de toda la experiencia: la compañía de su querido Rafa.

El aludido estaba tumbado a su lado, revisando en su móvil los últimos comentarios en sus redes sociales. Unos segundos después lo apartó a un lado, y se giró hacia él dedicándole esa sonrisa tan suya, tan desenfadada, con ese gesto cómplice que siempre conseguía reconfortarlo. Pedro adoraba contemplar sus ojos azules, que esa noche brillaban con un nuevo matiz en la penumbra.

Rafa le pasó el brazo por encima de la cintura y dejó reposar la cabeza sobre su regazo.

Después de tantos años juntos —primero como amigos, ahora como pareja—, entre ellos se entendían con un simple gesto, una mirada. Y cuando a ese lenguaje silencioso se le sumaban las caricias, o un simple roce, la conversación se volvía mucho más interesante.

Antes de que el sueño los atrapara, aún tenían unos valiosos minutos en los que podían ser chicos traviesos y dejarse llevar por los deseos de la carne.

Pedro introdujo la mano por debajo de la colcha. La bajó hasta palparle el bulto en la entrepierna. Rafa, encantado con el sobeteo al que le estaban sometiendo, separó los muslos para facilitar el acceso.

Hummm… —le dijo, murmurando— Si sigues tocando, te aviso… la cosa se está poniendo dulce.

Justo lo que me apetece ahora mismo: un buen subidón de azúcar —contestó Pedro—. Se me hace la boca agua solo con pensarlo…

¿Y te atreves a hacerlo aquí…?

Contigo me atrevo a cualquier cosa, machote.

Vale… pues adelante, goloso. Disfruta el caramelo.

[ Warning ]

Rafa retiró la colcha. Pedro sonrió con malicia y contempló el torso semidesnudo de su compañero. Aspiró el aroma a jabón y piel húmeda recién salida de la ducha. Se inclinó sobre su tórax, acercó la punta de la lengua a su ombligo y la deslizó dentro. Le provocó un escalofrío a su novio, que cerró los ojos y se dejó llevar, sumiso. Con pequeños besos, se fue moviendo hacia el pubis, rozándole la piel y los pelos con los labios por el camino. Deslizó su lengua por encima de la tela del calzoncillo. Lamió con suavidad la silueta que se marcaba, sin darse prisa, haciendo círculos, tomándose su tiempo, metiendo su cara entre las ingles y dejando escapar su aliento cálido. Sintió como aquel trozo de carne escondido debajo crecía, respondiendo encantado a cada una de sus caricias.

Rafa se retorció del gusto. Su miembro ya apuntaba al cielo y empezaba a segregar un hilillo transparente. Entonces sintió el apretón del elástico sobre sus pelotas, y la boca húmeda y tragona que engullía su sexo. Con un tirón suave, levantó el trasero y se sacó el calzoncillo, dejándole a Pedro vía libre para que continuara con sus eróticos cuidados.

[ Zona segura ]

Entonces escucharon el ruido.

Venía del otro lado de la pared del dormitorio. Un chirrido corto, seguido de unos pasos, el sonido de la puerta del baño al abrirse, y el haz de luz bajo la rendija de la puerta.

«¿Quién podría…?»

Pedro y Rafa se cruzaron una mirada interrogante.

¿Alex? —preguntó Pedro, levantando un poco la voz.

Soy yo —dijo su hijo, confirmando por lo bajini sus sospechas—. Tengo una emergencia.

Escucharon el sonido de la tapa del váter levantándose.

Pedro se incorporó un poco en la cama. Retiró su mano de la polla de Rafa y, en un acto reflejo, se tapó con la cubierta.

«¡Vaya por Dios, qué oportuno!», le expresó con la mirada.

Rafa levantó las cejas y le contestó haciendo un gesto inconfundible con los hombros:

«¡Qué se le va a hacer!»

Pedro volvió a preguntar:

¿Estás bien?

Sí, papá —contestó Alex, con un hilo de voz—. Es… otra clase de emergencia.

Los dos hombres se miraron durante unos segundos más, sin entender del todo. Lo normal en estos casos es escuchar de fondo el ruido del chorro de pipí cayendo dentro de la taza, del papel higiénico desenrollándose, la cisterna de agua… sonidos a los que ya ni les prestas atención, pero que por algún motivo no se escuchaban, se demoraban… hasta que cayeron en la cuenta.

¿¿Se está haciendo una…??—susurró Pedro, abriendo los ojos como platos.

Rafa, con cara de asombro, asintió con la cabeza.

¡Alex, no jodas! —Pedro bufó, exasperado.— ¡No me digas que estás dándole al…!

¡Es que no puedo dormir! —replicó su hijo desde dentro del baño.

¡Pues hazte una manzanilla!

Esto es mejor. Y así no me acuesto palote.

¡¡Ahórrate los detalles!!

Volvió a hacerse el silencio. Un silencio relativo, porque ahora se escuchaban cosas: esos ruiditos que normalmente pasan inadvertidos, pero que ahora el cerebro se empeñaba en amplificar con malicia.

Pedro se giró hacia Rafa con cara perpleja, y le dijo bajito:

¿¿Tú lo estás oyendo??

A Rafa le entró la risa floja. Era una pregunta… ambigua.

Sí, eso parece.

¿Y no puede hacerlo en otro momento? ¿Tiene que ser ahora? ¿No podía esperarse a mañana?

¡Anda, déjalo! —intercedió Rafa, murmullando—. A su edad es normal ir salido a todas horas.

¿¡Pero a ti te parece normal esto!?

¡Es un adolescente, Pedri, no un monje tibetano!

¿¿Cascártela en una caravana… y con tu padre al otro lado de la pared??

¡Pues ya ves tú la diferencia, como cuando está en tu casa!

Pedro lo miró, entre incrédulo y resignado. Rafa siguió hablándole en voz muy bajita:

Esperamos a que acabe. Además, seguro que no tarda ni tres minutos. Y cuando vuelva a dormirse, seguimos con lo nuestro.

Pedro no parecía muy convencido, pero le hizo caso.

Rafa tenía razón.

Antes de los dos minutos se escuchó un suspiro, seguido del sonido de agua cayendo en el váter.

Luego un toque suave con los nudillos en la puerta y la voz de Alex, anunciando:

Me voy a dormir. Buenas noches, pareja.

Buenas noches, hijo. ¡Ponte los tapones, que luego te quejas de los ronquidos! —le contestó Pedro.

Sííííí, papá.

Escucharon sus pasos alejándose y el crujido de la escalinata, cuando se subió a la cama supletoria que había sobre el frontal de la caravana.

Pedro y Rafa aguardaron en silencio unos segundos más.

Todo parecía estar otra vez en calma.

Procurando no hacer nada de ruido, volvieron a abrazarse.

[ Warning ]

Se intercambiaron unos besos cariñosos. Un pico, un roce de labios, un mordisquito, unos lametones… Al tercero, Rafa agarró la mano de su pareja y la volvió a colocar sobre su paquete. Una mirada explícita, una ceja alzándose y otro diálogo mudo:

«¿Seguimos donde lo habíamos dejado?»

Pedro sonrió. Se inclinó sobre su torso, iniciando un recorrido descendente con la lengua y fijando como objetivo de su lujuria aquel pedazo de carne que ya pedía a gritos una boca húmeda y estrecha donde cobijarse. Sus labios comenzaron a hacerse con el diámetro de su presa.

[ Zona segura ]

Otro ruido los interrumpió.

Más pasos. Esta vez el sonido era distinto, un andar que parecía algo más pesado, unas pisadas lentas encaminándose al aseo. De nuevo, la luz encendiéndose bajo la puerta.

Los dos hombres volvieron a quedarse inmóviles mirándose.

«¿Qué pasa ahora?»

Ese es… —comenzó a decir Pedro, con incredulidad.

Rafa acabó la frase por él:

¡David!

Perdón, tito. Perdón, Pedro. —dijo el chico desde el otro lado, disculpándose en voz baja—. Prometo no tardar mucho.

Pedro le dirigió a Rafa una mirada incrédula.

«¿¿Tu sobrino también??»

Rafa se encogió de hombros. Pedro se llevó las manos a la cabeza. Se dejó caer sobre la almohada y luego le preguntó en voz baja:

¿De quién fue la idea de traernos a la familia? —le preguntó a Rafa.

Tuya —le recordó su pareja, sin dudarlo.

¡Mierda! Pues no me dejes tener más ideas brillantes.

Lo tendré en cuenta para la próxima.

Del otro lado del tabique escucharon la voz de David, en su habitual tono tranquilo:

Ya acabo, yo… eh… me he traído algo.

El sonido era un zumbido, parecido al de un cepillo de dientes eléctrico.

No dejaba mucho espacio a la imaginación.

Pedro no daba crédito a lo que estaba pasando.

¿¿Pero a ti esto te parece normal?? —preguntó.

¿El qué? ¿Los adolescentes masturbándose? —Rafa contestó con naturalidad—. Lo raro sería que no lo hicieran, oye.

¿Y no se pueden esperar a la vuelta de las vacaciones?

¡Uy! ¿Un día sin paja, a esa edad?… ¡Estás pidiendo un milagro, nene!

Pedro soltó un largo suspiro, seguido de un lamento.

¡En serio, Rafa! Estos chicos, lo de mi hijo… yo ya no sé qué estoy haciendo mal.

No estás haciendo nada mal, tontaina. —Rafa le respondió con ternura—. Eres un padre estupendo. Tolerante y comprensivo, con el que se puede hablar sobre sexo. ¡Ojalá los nuestros hubieran sido iguales!

Luego se metió a su lado bajo la colcha y le acarició el hombro con cariño. Pasados unos segundos, se oyó el vaciado de la cisterna y unos pasos junto a la puerta: David había acabado con su “tarea” pendiente.

Buenas noches, hasta mañana —se despidió.

El muchacho regresó a la cama que compartía con Alex.

Pedro miró a su novio con resignación.

«Mejor que lo dejemos para otro día», parecía querer decirle.

No, espera… —susurró Rafa—. Ya se han acostado, no nos van a molestar más… seguimos.

[ Warning ]

Volvieron a acurrucarse sin apenas hacer ruido. Rafa no se iba a quedar con las ganas. Se la meneó para ir poniéndosela dura.

Pedro no las tenía todas consigo después de tantas interrupciones, pero fue notar las primeras caricias de su amante y volvió a calentarse.

Se abalanzó sobre el pecho del osete. Lo besó en el cuello, le mordió un poco con los labios. Restregó su nariz por el canalillo entre sus pechos, siguiendo el reguerillo peludo hacia abajo, y se dispuso a pasar al ataque. Agarró con una mano los huevos de su novio y los masajeó con gusto; con la otra se puso a masturbarse. Sin pensárselo más veces, se abalanzó con hambre sobre aquella polla, controlando cada succión al milímetro para no hacer nada de ruido.

A Rafa le encantaba que, en la intimidad de la pareja, fuera tan vicioso. Pedro era el prudente, el recatado. Partidario de guardar las apariencias en público y no mostrarse muy efusivo con los gestos de cariño. Pero en la cama se transformaba en una fiera. El sexo le ayudaba a derribar sus barreras morales y sentirse libre de complejos. Y su habilidad a la hora de hacer mamadas era innegable.

A Pedro, el mero hecho de tener que follar con tanto cuidado lo estaba encendiendo sobremanera. Y el saber que, a menos de tres metros de distancia estaban los chicos durmiendo, hacía que se le disparase el morbo hasta niveles desconocidos.

[ Zona segura ]

Entonces, el silencio de la noche se quebró.

El ruido comenzó suave, como si fuera un soplido alargado que iba intensificándose hasta convertirse en algo mucho más reconocible.

Un pedo. De los largos. De esos que retumban y dejan un rastro.

¡¡Joder, Alex!! ¡¡Qué cochino!!

Al grito de David le siguió una carcajada escandalosa de Alex.

Rafa y Pedro se quedaron a cuadros. Tardaron unos segundos en asimilarlo.

¡¡Esto es el colmo!! —bufó Pedro.

El hombre se incorporó de un salto. Se abalanzó hacia la puerta con la intención de soltarles un puro. Rafa trató de impedirlo, sujetándolo por el brazo y gritando un “¡No!”, pero llegó tarde.

Pedro ya había quitado el pestillo y estaba deslizando la puerta corredera. En la penumbra pudo ver a su hijo, descojonado de la risa sobre la cama y soltando unos lagrimones como puños; y a David cubriéndose la cara con la sábana mientras intentaba abrir la claraboya a empujones:

¡Hosti, que pestazo! —decía.

Un segundo después, Pedro tuvo que cerrar la puerta de golpe. Su sentido del olfato había detectado un peligro extremo. La reacción instintiva fue la de ponerse a salvo.

¿¿Pero qué coño has cenado, Alex?? —gritó Pedro— ¡Por Dios, chavales, abrid todas las ventanas ahora mismo antes de que nos asfixiemos!

Al otro lado solo escuchaba el ataque de risa histérica de su hijo, y a David dando arcadas y abriendo la escotilla.

Rafa se apresuró a abrir la ventanilla de su lado y sacar la cabeza fuera. Pedro hizo lo mismo por la otra. El aire fresco de la noche entró de golpe y les hizo arrebujarse bajo la colcha para protegerse.

¡Mañana mismo los meto en un taxi y los mando de vuelta a casa! —perjuró Pedro, enfadado, poniendo un vozarrón grave que intentaba ser amenazante sin mucho éxito.

¡Ay! No tenemos que dejarles beber cerveza… Mira qué tontos se ponen —añadió Rafa, subiéndose los calzoncillos.

Pedro se llevó las manos a la cabeza. Lo mejor era dar por finalizado el proyecto de polvo.

★ ★ ★

A la mañana siguiente.

El sol asomaba por detrás de la cumbre, pintando todo el valle con un amarillo suave. La brisa fresca era agradable.

Pedro contemplaba el paisaje desde la valla de madera, con su taza de café humeante en la mano.

Se había despertado feliz, sin mala leche, con el agradable olor a pastos verdes.

Se asomó al acantilado. Desde allí la estampa de la montaña quitaba el hipo, y tenía unas vistas espectaculares del lago al fondo del valle.

Le dio un sorbo al café y se dio la vuelta.

Sus acompañantes seguían con el desayuno, sentados en una mesa de camping junto a la puerta de la caravana. David cortaba un bizcocho en partes iguales y Alex rebuscaba en la bolsa algo de chocolate para acompañar a los cereales. Rafa salió de la caravana con un brick de zumo y se sentó frente a ellos.

Los chicos estaban de buen humor. Parloteaban mientras daban buena cuenta de sus tostadas. La conversación ahora iba en torno al paisaje.

Oye, tío… ¿En estos bosques habrá osos? —preguntó Alex.

No creo, pero lobos, fijo que sí. ¿Los oíste aullar anoche? ¡Menudo cague! —respondió David.

Mmm… a mí me gustan los lobos. ¡A ver si encuentro uno que me dé un buen susto, como en el cuento! —dijo Alex, soltando una risotada.

David, guasón, le siguió el juego.

Yo prefiero encontrarme con el cazador. ¡Y qué me suelte un buen disparo con su escopeta!

¡Ja, ja….! ¡Qué cabrito! Mientras no nos aparezca Caperucita…

¡Oooohhh, tío! ¡Esa sí que me daría mucho miedo!

Los dos estallaron en carcajadas.

Rafa no tuvo más remedio que reírse con las ocurrencias de los muchachos. Los muy cabroncetes se lo estaban pasando bomba. Les sirvió un vaso de zumo a cada uno y luego siguió masticando su cruasán relleno de crema.

Mmmm… —saboreó Alex, encantado—. Oye, Rafa, ¡qué rico está este zumo!

Sí, está superdulce… ¿Qué marca es? —preguntó David.

Ahh… Es la misma marca que usamos en casa —contestó Rafa, con toda la calma del mundo—. El sabor debe ser cosa del laxante que os he echado.

David y Alex se quedaron con el vaso en el aire y la sonrisa congelada.

¿Laxante?

¡Ay, pobres! —soltó Rafa, excusándose—. Anoche me fijé que teníais problemas con lo de ir al baño cuando toca, así que pensé: ¡mira, un empujoncito no les vendrá mal!

Rafa sonreía… demasiado. Y ese tono con puntito irónico no ayudaba. Se inclinó hacia ellos:

Os va a entrar una flojera de campeonato. Se os va a quedar el culo tan irritado que no vais a poder meteros nada en una semana. —Después añadió, en ese mismo tono más serio—: Y a la próxima vez que me jodáis un polvo, os echo el frasco entero. ¿Capiche?

Los dos chicos se quedaron con la mandíbula abierta.

Rafa agarró su taza de café y se levantó de la mesa. Antes de darse la vuelta, remató:

Por cierto, ¿veis esa escotilla? —señaló el lateral de la caravana—. Es el depósito de aguas negras. Yo de vosotros lo iría vaciando… Me huele que hoy lo vais a tener que utilizar muuuchas veces.

Y, con las mismas, les dio la espalda y se marchó hacia donde estaba parado Pedro.

Su novio, que lo había escuchado todo, lo miró boquiabierto.

¿Les has dado un laxante? —preguntó.

¡Qué narices! —contestó Rafa por lo bajo, intentando aguantarse la risa—. Eran unas gotitas de stevia.

Pedro soltó una risotada contenida cuando lo pilló.

¡Shhh! ¡Calla, disimula! —le pidió Rafa—. A ver, mira de reojo y dime si está funcionando.

Pedro se inclinó un poco y miró por encima del hombro. La escena era digna de documental:

David había sacado el depósito de la caravana y lo agarraba con el brazo extendido, como si transportara plutonio radioactivo. Alex se había enfundado unos guantes de goma y no disimulaba su cara de asco. Se dirigían juntos hacia la zona de los grifos y el lavadero.

Pedro volvió a reírse y le dijo en voz baja:

Rafa, el depósito está limpio. Lo vacié yo al levantarme.

Ya, pero eso ellos no lo saben. ¡Ay, venga, déjame disfrutar de mis cinco minutos de venganza, antes de que se den cuenta!

Pedro ya no pudo contenerse. Soltó una risotada abierta.

¡Mira que eres perverso!

Rafa sonrió y le aseguró:

¡Ya verás! Después de este susto, no nos van a dar más problemas durante el resto del viaje.

Pedro lo miró con una mezcla de orgullo y cariño. Le pasó el brazo por encima y lo estrechó junto a su costado. Era un gesto sencillo, pero lleno de complicidad. ¡Qué suerte tenía, y qué gran compañero de aventuras había encontrado!

Los dos se quedaron allí, abrazados, contemplando el valle y apurando los últimos sorbos del café del desayuno. Un amanecer perfecto para aquellos dos enamorados que, pese a los dramas y las carencias, hacían muy buen equipo.

Mi Merienda Eres Tú: Especial Navidad

Libro en Papel / 180 págs / 11 €